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Conversaciones con un taxista en Guatemala

Estoy terminando la tercera semana de mi viaje por América Latina. Es la segunda vez que estoy visitando a los responsables de las organizaciones por las que nuestros estudiantes trabajan. Es reconfortante oir con sus propias palabras lo útil que les resulta la mirada externa de nuestros alumnos. Aun a sabiendas que están poco tiempo (entre ocho y doce semnas) las dinámicas de trabajo, los puntos de vista, las actitudes enfrente del trabajo, el compromiso con el proyecto, satisface a quienes los reciben durante semanas y les abren las puertas de sus casas.

Ayer estaba de regreso de Cobán. Un a vez llegado a la capital, Ciudad de Guatemala, busqué un taxi para desplazarme al hostal. Todavía no has bajado les autobús y ya oyes los gritos de “taxi! Taxi!”. Por norma, al primero digo que no, me aparto un poco, y observo los taxistas. Hay algunos que se hacen pasar por taxistas y no lo son, y te puedes encontrar en un aprieto. Hay que encontrar uno de los oficiales. Se me acerca un señor de edad avanzada y respetuosamente me dice “taxi señor?”, le pregunto si tiene un taxi blanco (los oficiales) y extrañado me enseña su auto: un coche pequeñito de color verde que, sin lugar a duda, no es un taxi oficial. Me inspira confianza, pactamos el precio y nos ponemos en marcha.

A los cinco minutos de conversación sobre el tiempo y el partido de Champions del Barça (va a empezar en 20 minutos) me pide por qué le pregunté por un taxi blanco. “Son los taxis oficiales”, le indico. Suspira y me comenta que él es del servicio de taxis de la empresa de autobuses (al menos lleva un polo que así le identifica). No ponen publicidad en los coches porque sino las bandas les piden la comisión. La empresa de autobuses paga comisión para que no asalten sus autobuses. El hombre que mataron la semana pasada en una de las rutas, fue una excepción: lo liquidaron de 5 balazos y nadie del pasaje se dió cuenta (con silenciador). Era medio político.

Avanzamos en la carrera,  y también en la conversación. Ya hemos llegado a la puerta del hotel, pero seguimos hablando sobre lo mucho que tiene el país, y lo mal repartido que está: legado cultural, riqueza y recursos naturales, minerales, bosques, tierras fértiles,… Se siente impotente, “como mínimo puedo desahogarme con algunos pasajeros”, se excusa. Parece que una gran parte de la gente del país ya no tiene a nadie en quien confiar. Resistir. Subsistir.

Nos despedimos “Dios le bendiga, caballero”, y me quedo pensando en la gente que he visitado los últimos días. Qué suerte la mía, conocer a los que aun en un entorno hostil y descorazonador, siguen al pie del cañón para dar apoyo a los que más lo necesitan, en un país tan rico y bonito.

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